La abstención juvenil como una herencia de desesperanza aprendida

Por: María Piedad Gil @maruskagil

Casi siempre cuando escuchamos la palabra herencia tenemos la tentación de pensar en esos bienes materiales que nos legan nuestros antepasados y que muchas veces robustecen nuestro patrimonio o contribuyen al mejoramiento de nuestra calidad de vida. Por la misma vía, como legado, nos llegan otras herencias, no siempre favorables: disposiciones biológicas que nos alegran o amargan la vida, que pueden determinar hasta nuestra viabilidad, nuestra posibilidad de supervivencia física, pero también afectar nuestra supervivencia y adaptabilidad como grupo social.

Herencia es el tipo sanguíneo, el color de los ojos y el cabello, la complexión física. Herencia también, ciertos estilos de pensamiento con los que crecemos y que aprendemos de nuestros ancestros. Crecemos pensando, mejor (o peor?), confiando, en que SU realidad es LA realidad, porque la convivencia, las conversaciones, las prácticas sociales, estructuran complejas redes de esquemas que nos sirven para adaptarnos en el mundo en el que vivimos, nos ahorran tiempo y nos hacen aparentemente más eficaces. Desafortunadamente esos esquemas pueden estar cargados de inexactitud, de sesgos, de pensamientos discriminatorios, y muchas veces, lo evidencia la clínica personal y social, cargados también de entrampamientos que, finalmente, nos condenan a repetir la historia y a vivir en el modelo de “más de lo mismo”.

Los pobres niveles académicos de nuestros pueblos latinoamericanos, tanto como la nefasta experiencia que han vivido muchas generaciones anteriores a la nuestra, han generado en los ancianos y adultos actuales una forma social de desesperanza aprendida relacionada con la política como ejercicio, los políticos como figuras públicas, los procesos políticos como procesos socialmente válidos, influenciando negativamente su motivación, su cognición personal y social y su emocionalidad. Nuestros jóvenes que han crecido al lado de estas generaciones, han aprendido de esas influencias, disminuyendo las tasas de respuesta ligadas a lo político en general, (motivacional), aprendiendo poco del asunto, y negándose a experiencias que los lleven a cuestionar la negatividad de sus esquemas de pensamiento con relación a los políticos y al ejercicio del servicio público y del poder, (cognitivo) y afianzando los sentimientos de indefensión y desesperanza, (emoción)que los llevan a pronosticar futuros daños, causando actitudes globales negativas que generan su inacción (falta de cercanía, de iniciativa, abstención), distorsionan sus pensamientos (generalizaciones inexactas, dificultad para aprender sobre el tema, comprender procesos, capacitarse para ejercer ellos mismos la función o el rol) y en lo emocional, causando sentimientos de desesperanza o indefensión (no importa lo que hagamos, siempre nos va a ir mal, nos van a estafar, a engañar) que no solo se vivencian como una realidad per se, sino que se contagian por instrucción directa a los más pequeños.

No sólo las campañas sino el ejercicio político, tienen la obligación de comprender la juventud como proceso cognitivo, emocional y social, y al joven como realidad particular, y asumir el desafío de mostrarle que no hay otro camino a la esperanza más que la participación. Pensar en cómo tocar las vidas de esos muchachos mostrándoles otro tipo de modelo político, de candidato, con el cual sea posible identificarse, capaz de enganchar su voluntad política y de conducirlo a la acción y el ejercicio políticos, pero, sobre todo, capaz de generarle la confianza que se lesionó en su proceso de crecimiento, mediante la desconfianza insuflada por sus progenitores.

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