Coherencia en la Web. Una mirada psicológica.

Por: María Piedad Gil Botero

A falta de información, te encontré en la web…
 

Hace un par de días mi hijo me lanzó  el siguiente desafío: “a que si yo escribo una mirada comunicacional de la coherencia en la web,  tú no te animas a escribir una mirada psicológica”.

Pues bien, como “un bobo cariao mata la mama”, héme aquí, tratando de estar a la altura y darle una lección al jovenzuelo.  No pretendo nada más que asumir modestamente este asunto y opinar sobre un fenómeno que no solo está cerca de nosotros, sino del cual la mayoría ya somos parte activa.

La mirada comunicacional  asume la imagen que proyectamos en las redes como  una expresión de marca. Desde mi mirada el asunto es también y especialmente,  una expresión de identidad. No pretendo negar que tanto usted como yo SOMOS una marca. Una marca que hemos alimentado con años de desplegar comportamientos, con grandes esfuerzos por consolidar una personalidad que logre ofrecer a los otros y a nosotros mismos  un aceptable nivel de certeza, acerca de cómo somos, es decir, cómo pensamos, de qué manera sentimos, cuáles son nuestras actitudes y por lo tanto,  por qué nos comportamos como lo hacemos.

Lo  que sucede en la web no es más que una expresión  de la personalidad.  Cada vez que usted o yo publicamos una frase célebre, nos estamos diciendo, es decir, no hablamos de aquel que la escribió, sino de nosotros mismos.  Igual ocurre con las fotografías, las señales de aceptación a los contenidos que otros nos ofrecen, y todas nuestras  demás autorrevelaciones. Mis hijos dicen “dime qué publicas y te diré quién eres”.

Así, simple como parece, la web, sin embargo, es un espacio engañoso. Genera una cierta ilusión de irrealidad, que alborota esa naturaleza lúdica, curiosa, que todos guardamos bien escondidita en algún lugar de nuestro psiquismo.  Y digo que es un ámbito ilusorio, porque cada letra, cada fotografía, cada consulta, deja su impronta en el mundo virtual.   A aquel quien lo dude lo invito a recordar cuántas veces  hemos visto brillantes carreras desplomarse bajo el peso de un vídeo, de una confesión, de una conversación.

La diferencia está entonces  en que, mientras la realidad “real” nos aboca a una expresión coherente,  que se relacione fuertemente con la personalidad que hemos tardado años en consolidar, la expresión que se construye en las redes se atreve a asomarse a otra ventana, la de las personalidades posibles.

Finalmente esto no difiere mucho de cualquier definición conceptual de la personalidad, pues si bien las coherencias y las recurrencias de rasgos otorgan una consistencia deseable a nuestro actuar, también es cierto que la personalidad está viva, se mueve, es dinámica, medianamente flexible y definitivamente puede cambiar.

Pero creo que este asunto amerita un par de consideraciones adicionales: a veces la realidad no es suficientemente satisfactoria y estos mundos virtuales pueden ofrecernos una suerte de refugio, de solaz. Tal vez allí sean viables las palabras que no se dicen, las experiencias que no se viven y los sueños que no se sueñan. Y entonces lo sucedáneo reemplaza a lo real en breves espacios de fantasiosa felicidad.

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